A través de los cristales

A mi madre

Era fácil entender cómo él se había enamorado de ti y no había dudado en librar cualquier obstáculo para estar cerca de ti, incluso el mostrador, la primera vez que te vio, caminando por la calle frente a su tienda.

Te encuentro, luego, en mis recuerdos, a través los cristales de la puerta de metal que separa mi recámara del patio donde te la vivías lavando la ropa de tus once hijos, tallando en el lavadero con tu jabón de pasta “Tepeyac”.

En esa imagen sólo queda la huella borrosa de aquella  adolescente de la fotografía. Ahora eres una mujer adulta, con la frente arrugada, que tallas con furor la ropa, mientras el deteregente y el cloro te secan la delgada piel de tus manos.

Yo soy todavía un niño. Es sábado, estoy en mi cama y quiero seguir durmiendo. Son apenas las siete de la mañana. Sin embargo, tus gritos frustran mi placer debajo de las sábanas.

-       ¡Que te levantes ya! ¡No seas holgazán! Tiende tu cama. Agarra una escoba y barre tu cuarto. Acomoda las botellas que están todas echas un desorden. Párate a misa. ¡Qué te levantes te digo! ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir! ¿Por qué serás tan flojo? ¡Que hagas algo de provecho!

Hoy, te miro por última vez, y es, también, a través de un cristal. Tu rostro y tu cuerpo están inertes. Tu piel ha perdido el color y es casi transparente.

Tus labios, siempre tan delgados, casi han desaparecido de tu hermosa cara y ya no pronuncian palabras, no te quejas, no reclamas ni regañas. En esta habitación donde estamos no se escucha más tu voz, solo llantos y murmullos de la gente que te extraña y que, tal vez como yo, sienten culpa por no haberte juzgado duramente como madre.

Sin embargo, esta vez encuentro algo distinto:  ahora que te miro así, tan callada, tan tranquila, me doy cuenta de qué era aquello que se interponía entre tú y yo: eras tú misma, éramos ambos con nuestro orgullo, con nuestros miedos, nuestras creencias y resentimientos. Nuestras grandes semejanzas y diferencias.

abuelaAhora puedo acercarme a ti, mirarte, así, tras el cristal de tu ataúd, y sentir el amor que por ti siento.

Cuántas veces lo dude. Cuántas veces creí que, si alguna vez te había querido, ese amor había terminado por desaparecer a fuerza de tanto insulto, tanta descalificación y tantos reclamos:

-¡No eres un buen hijo!, ¡No eres buen cristiano! ¡Vas por el mal camino! ¡Si no te arrepientes te vas a ir al infierno, y yo contigo!

Ahora que no te puedes defender más de mi cariño, veo que nunca te dejé de amar. Te quiero, y mucho. Estoy contento de poderlo reconocer al fin, con una certeza absoluta. Lo único que me duele, es que tú ya no puedas escucharme… aunque… tal vez sí… es por eso que prefiero decírtelo… tan sólo por si acaso me pudieras escuchar… tan sólo por eso lo confieso:

- Mamá, te extraño, con todo y tus defectos… a pesar de ellos… gracias a ellos que me hicieron crecer y ser más fuerte,  hoy los agradezco y puedo aceptar todo lo que te quiero.

Pequeñas imperfecciones

MAYO 2006

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